Por Marcos Calligaris

Escena 1: Bruto y César

Julio César se cubrió la cabeza con su manto para no verlo. Según cuenta Plutarco “todos debían participar”. Y allí estaban ellos. No eran sicarios quienes le causaban heridas de cuchillo, eran senadores, ilustrados representantes en los que recaía la soberanía nacional, los más ricos, fueron ellos quienes eligieron la Curia, la sede del Senado para cometer aquel magnicidio.

César intentó huir, pero los conspiradores eran demasiados, al menos sesenta, según Eutropio y Suetonio. Las puñaladas llovían por todos lados: dos, cuatro, nueve, quince, ¡veintitrés! Intentó huir, pero la sangre corría por su cara y lo cegaba. Tropezó y cayó.
¡Socorro, hermanos! gritó, pero parecía inútil, nadie lo defendía. Entonces se cubrió la cabeza con la toga para no verlo a él, su hijo del corazón que se hacía presente.
El 15 de marzo (idus de marzo para los romanos) del año 44 antes de Cristo había llegado. La conspiración contra el líder político y militar de la República romana tardía se estaba ejecutando a la perfección.
Marco Junio Bruto se acercó lentamente y vio de cerca cómo sus correligionarios apuñalaban al hombre más poderoso de Roma, quien fuera amante de Servilia Cepionis, su madre y a quien muchos señalaban como su legítimo padre.
Pudo echarse atrás, pero él era nada menos que el jefe moral de la conspiración. “¿Tú también, Bruto?” fueron, según la versión shakespeariana, las últimas palabras de César al reconocerlo. Y aquí nace el mito de un célebre susurro. “Sic Semper tyrannis” (Así siempre a los tiranos), habría sido la respuesta al oído de Marco Bruto, quien acto seguido y con vigor revanchista le asestó una estocada mortal a la altura del tórax, precipitando así la muerte del Dictador de la República Romana.
César cayó por fin a los pies de la estatua de Pompeyo y los conspiradores huyeron desbordados de excitación, tal como lo pintó Jean-Léon Gérôme en Muerte de César (1867).

 

Escena 2: Booth y Lincoln

John Wilkes Booth entregó las riendas de su caballo y entró al Teatro Ford por el lugar donde lo hacían los artistas. Aquella noche no tenía función, pero su gran reputación y popularidad como actor le sirvieron de pasaporte para ingresar a lo que sería su más trascendental performance. Estaba preparado para derramar sangre.

Promediaban las nueve de la noche del 14 de abril de 1865 en Washington D.C. Un viernes santo que de santo no tuvo nada. La Guerra de Secesión había llegado a su fin cinco días antes. La ‘Unión’ habido triunfado sobre la ‘Confederación’, o el Norte sobre el Sur, o Abraham Lincoln sobre Jefferson Davis. El gigante del norte había logrado por fin la Integridad Territorial, la Abolición de la Esclavitud y a partir de ese momento comenzaría la Era de Reconstrucción, que conduciría a los Estados Unidos a convertirse en la gran potencia de nuestros días.
Pero John Wilkes Booth no podía soportarlo. Confederado hasta la médula, lo planeó todo sigilosamente. La venganza corría por sus venas, el sur sería vengado.
El show comenzó. Aquella noche era el turno de la pieza teatral Our American Cousin. Booth conocía perfectamente el teatro y rápidamente pudo ubicarse a un costado del palco presidencial. Su oído atento aguardó la escena exacta, aquella que habitualmente provocaba la hilaridad del público. Mientras tanto, en el bolsillo de su traje empuñaba fuertemente su pistola Derringer.
De repente las risas estallaron, John Wilkes Booth irrumpió en el palco y sin mediar palabras le voló los sesos al Presidente de los Estados Unidos de América. Abraham Lincoln se desplomó sobre su silla, la muerte lo había sorprendido por la espalda a los 56 años, de nada le serviría a su fuerte corazón latir algunas horas más.
La primera dama, Mary Todd Lincoln junto a Henry Rathbone y Clara Harris, quienes los acompañaban, intentaron detener al asesino, pero Booth hizo gala de su talento actoral y descendió al escenario prendido del telón. El peroné de su pierna izquierda estalló en veinte, pero cuchillo en mano escapó entre el gentío al grito de ¡Sic Semper Tyrannis! Aquella frase de Bruto volvía a sonar.

 

Escena 3: Souto y Berardi

“¡Ayudame, me persiguen!”, rogó Matías aterrado. Intentó abrir la puerta de un Peugeot 405 que oficiaba de remis, pero el chofer huyó espantado.
Minutos antes le había gritado desesperadamente a una kiosquera y a su clienta: “¡Llamen a la Policía, me tienen secuestrado!”, pero ellas lo ignoraron al igual que Simón, un vecino que regresaba a su casa con su hija de dos años, a quien la víctima pidió infructuosamente prestado el teléfono. Matías siguió corriendo.
Aquella noche del 28 de septiembre en Campana, la muerte había alquilado el traje del uruguayo Richard Souto y lo perseguía obsesivamente a bordo de un Chevrolet Astra. Como una ironía de la vida, fue a la altura del cementerio de Benavídez donde Matías fue alcanzado. Atrás de la tapia el mundo de los muertos; de este lado Richard Souto y su cuñado Néstor Maidana; entre ambos un personaje que no podría evitar una repetida escena mortal. Su esperanza de vida se reducía ahora a un salto, el que sin suerte intentaría dar por encima del auto.
El día anterior Matías había salido de su casa de Ingeniero Maschwitz cerca de las 21.30. Al otro día debía ir al colegio, por lo que su papá Juan Pablo le entregó 100 pesos para que volviera en taxi.
Qué bien la debió pasar en aquel boliche de Pilar. Si nos trasladamos a Pachá e intentamos verlo desde arriba, ahí está él. Lo vemos en cámara lenta, sonríe, baila con sus amigos. Las luces lo confunden por momentos y la música le acelera las pulsaciones, lo incita saltar. Está feliz, a los 16 años no hay otra forma de vivir.
¿Por qué no volvió en taxi como le pidió su papá? No lo sabremos. En cambio subió a una combi que lo depositó en ruta 26 y Panamericana, para su mala suerte, el sector donde una familia-banda de secuestradores esperaba agazapada el paso de su presa.
Matías perdió su libertad, se ignora cómo. Ocho veces la llamaron a María Inés, su mamá, para pedirle dos mangos a cambio de su vida. “¡Mamá, mamá!”, pudo escuchar ella de fondo y su corazón de desgarraba.
Matías Berardi tiene la vista perdida. Es la madrugada del 29, él apenas lo sabe. Richard Souto y Néstor Maidana están enfurecidos y ya ni piden rescate. En aquel descampado de la ruta 6 lo obligan a arrodillarse. Matías piensa en que estuvo a punto de zafar, primero los vecinos no le creyeron, cómo creerle si los secuestradores lo perseguían al grito de “¡Es un ladrón!”. Luego pudo haber saltado por encima del Astra… pero de repente un fuerte dolor en la espalda le nubla los sentidos. Richard Souto había accionado su revólver calibre 11.25. Si alguna esperanza quedaba, aquel temblor volvió a sonar.

 

Escena final: Fantasma de Borges

Achinaba los ojos y rozaba la hoja con la punta de su nariz. El esfuerzo para leer lo que escribía era por momentos sobrenatural, la ceguera avanzaba lento pero inexorablemente.
Jorge Luis Borges aceptaba la situación con serenidad y así lo hizo saber en el Poema de los dones: “Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios, que con magnífica ironía me dio a la vez los libros y la noche”, escribió.
A esa altura Borges ya sabía que aquella colección de relatos y poemas que venía concibiendo se llamaría “El Hacedor” y que se los dedicaría a un poeta cordobés, Leopoldo Lugones.
Aquella noche de 1960 la muerte de Julio César rondó por su cabeza, una muerte que no era ajena a las muertes más vigentes y tuvo la certeza -recurrente en su obra- de que el ser humano repetía una y otra vez la misma trama.
Entonces decidió hacer un descargo. Empezó por el título: “La trama”. Luego prosiguió:
Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: “¡Tú también, hijo mío!” Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): “¡Pero, che!”. Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

 

Epilogo

La tragedia del hombre es asesinarse a sí mismo.
La misma escena se repite día a día en Alta Córdoba o en Campana, en Roma o en Washington.
Lo dijo Borges, somos personajes que repetimos las tramas de nuestros predecesores.
Estamos condenados a girar eternamente sobre el principio de la circularidad del tiempo.